Las amistades también tienen estaciones
“La amistad nace en el momento en que una persona le dice a otra: ‘¿Qué? ¿Tú también? Pensé que era el único.’”
— C. S. Lewis, The Four Loves
Leí esta frase hace unos días y me hizo pensar en las amistades.
Solemos hablar mucho de cómo comienzan, pero muy poco de cómo cambian.
Con el tiempo entendí que una amistad se parece mucho a un árbol. No porque siempre esté lleno de hojas o floreciendo, sino porque atraviesa estaciones.
Hay primaveras en las que compartimos todo. Conversaciones largas, risas espontáneas y la sensación de que esa persona siempre estará a nuestro lado.
Después llegan otros tiempos. El trabajo, la familia, un matrimonio, hijos, una mudanza o simplemente el propósito de Dios nos lleva por caminos distintos. Como ocurre con los árboles, algunas hojas caen. La apariencia cambia, pero eso no significa que las raíces de lo vivido hayan desaparecido.
A veces creemos que, si una amistad ya no es como antes, entonces perdió su valor. Pero quizás solo cambió de estación.
Al leer la Biblia me llamó la atención que eso ocurrió más de una vez.
Abraham tuvo que separarse de Lot.
Pablo y Bernabé siguieron caminos distintos después de servir juntos.
David disfrutó una amistad profunda con Jonatán, pero esa etapa terminó con su muerte.
Incluso Jesús, después de la resurrección, envió a sus discípulos por diferentes caminos para cumplir el propósito que el Padre tenía para cada uno.
Eso me hizo pensar que Dios no siempre conserva las amistades exactamente como comenzaron. Algunas fueron para una temporada. Otras permanecen durante muchos años y crecen junto a nosotros. Y algunas, aunque ya no formen parte de nuestra rutina, siguen siendo una bendición porque dejaron raíces profundas en nuestra vida.
Creo que esa también es una muestra de la gracia de Dios.
Él no solo transforma algunas amistades; también sigue trayendo nuevas personas en el momento oportuno. Personas que llegan para enseñarnos, acompañarnos, animarnos o simplemente caminar con nosotros durante una estación específica.
El valor de una amistad no se mide únicamente por cuánto dura, sino por cómo Dios la usa para formarnos.
Quizás una de las formas más maduras de amar sea dejar de exigir que siempre sea primavera. Aprender a agradecer por quienes caminaron con nosotros en una etapa, cuidar a quienes siguen presentes y mantener el corazón abierto para las amistades que Dios todavía quiere escribir en nuestra historia.
Al final, la amistad no consiste en retener personas, sino en amar con libertad, dar gracias por cada temporada y confiar en que el Jardinero perfecto sabe exactamente cuándo un árbol necesita florecer, cuándo necesita perder sus hojas y cuándo simplemente está fortaleciendo sus raíces, aunque nadie lo vea.