Sí, nuevamente un nuevo título se suma a la colección de titulares amarillistas. Pero más allá de eso, quiero contarte de dónde demonios salió esta afirmación a medias.

Resulta que una persona muy cercana a mí labora en una "base" de camiones concesionados por el gobierno de la Ciudad de México —unos de color morado—. Yo, en ese momento, ya había mostrado un creciente interés en la política en general, y fue ahí, a mitad de la conversación, donde escuché algo que me dejó pensando:

"Tenemos prohibido crear un sindicato, porque en cuanto se enteren de que lo estás intentando, te van a mandar a volar."

Claramente, mi cara fue de impresión absoluta, y mi coraje se hizo notar. ¿Por qué no les permitirían crear un sindicato a los trabajadores? ¿No se supone que es un derecho consagrado en la Constitución? Yo, en ese entonces, tenía en mente la idea de que un sindicato protege a los trabajadores, que existe para que ningún "patrón" se pase de verga. Pero después de empaparme un poco del tema, te puedo afirmar con toda seguridad que de poco o nada te sirve un sindicato como trabajador.

A lo mejor esa afirmación te produce el mismo coraje que a mí me produjo el relato del principio, pero déjame sustentar lo que te estoy diciendo. Antes, un poco de historia.

Hay que recapitular: ¿a quién chingados se le ocurrió darle tanto poder a los sindicatos? Pues mira, entender esto es un tanto difícil, ya que si bien el derecho de los trabajadores a crear un sindicato surgió en 1917 con la recién creada Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos, quien le dio verdadera fuerza a los sindicatos fue un presidente llamado Lázaro Cárdenas del Río, alias "el Tata Cárdenas".

El presidente, conocido por tener una agenda muy allegada a la izquierda, creó los sindicatos tal como los conocemos hoy con la intención de formar, básicamente, un ejército propio: un ejército que pudiera luchar por él. Recordemos que Lázaro Cárdenas fue parte del Maximato, pero no contaba con el ejército ni con todo el poder que en ese entonces tenía Plutarco Elías Calles.

Eso provocó que Lázaro Cárdenas encontrara cobijo en los trabajadores, porque ellos no hallaban a alguien que apoyara sus huelgas de manera contundente, no encontraban una figura de autoridad que pudiera respaldarlos. Y fue ahí donde, como un superhéroe, Lázaro Cárdenas apareció. Fue casi una coincidencia: de inmediato, Cárdenas necesitaba apoyo popular, y los trabajadores necesitaban el respaldo de una autoridad. Así se dio un matrimonio casi perfecto, porque Cárdenas impulsó las huelgas y, al hacerlo, se ganó el amor de todos los trabajadores. Nunca había existido un presidente que se fijara tanto en ellos como lo hizo Lázaro Cárdenas.

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Y ya teniendo ese apoyo de los trabajadores —y siendo Cárdenas consciente de que ellos podían paralizar al país— fue como, poco a poco, se fraguó la estrategia que terminó resultando en el exilio de Plutarco Elías Calles en 1936.

Básicamente, Cárdenas, al auspiciar la creación de sindicatos gigantescos como el Petrolero o la CTM, no buscaba la justicia laboral: buscaba un ejército político que le ayudara a consolidar el régimen del partido oficial.

Desde ahí empezamos terriblemente mal, porque podemos observar que Cárdenas no creó esta figura monstruosa del sindicalismo porque la situación de los trabajadores le provocara tristeza, o porque su ideología se sintiera apegada a esa causa. La creó para poder defenderse en caso de que —al explotar Calles— él fuera el exiliado.

Y con ese monstruo ya creado, llegó lo que posteriormente se denominó "corporativismo sindical": crear un grupo de personas muy grande que se subyugara —o sea, se arrodillara— ante lo que quisiera el partido gobernante, que en ese entonces se llamaba PRM. En términos más simples: los sindicatos se convirtieron en la maquinaria votante del PRI, y si no votabas por ellos, te partían la madre.

Como si eso no fuera suficiente, en este mismo contexto se creó una figura llamada "el sindicalismo charro". ¿Pero por qué se le denominó así?

Saltamos de la década de los 30 a la de los 40, específicamente a 1948, cuando ocupaba la silla presidencial un muy popular Miguel Alemán Valdés. Bajo la bandera de modernizar a México a como diera lugar, estaba dispuesto a hacer lo que fuera necesario —y entre esas tácticas estaba someter el salario de los trabajadores. Fue ahí donde volteó a ver al sindicato más poderoso de ese entonces: el Sindicato de Trabajadores Ferrocarrileros de la República Mexicana (STFRM).

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Al ver que la dirigencia de ese sindicato planeaba no dejar nada al azar, fue cuando se le ocurrió la maravillosa idea de... ejecutar un golpe de Estado interno, como en los tiempos de Victoriano Huerta.

Ahí fue de suma relevancia Jesús Díaz de León, quien, muy al estilo de Huerta, usurpó la dirigencia del sindicato ya mencionado. Y así fue como comenzó a popularizarse el término "sindicalismo charro", dado que Díaz de León despilfarraba las cuotas de los trabajadores en caballos de carreras y, justamente, en trajes de charro, pues era un gran fanático de la charrería.

Básicamente, podemos entender que el "sindicalismo charro" es el equivalente a Judas Iscariote: así como él, traiciona a los trabajadores que confían en sus autoridades. Las autoridades venden a los trabajadores no por 30 monedas de plata, como hizo Judas, sino por cientos o incluso miles de dólares.

Una vez conocido el contexto histórico, tenemos que regresar al punto principal que nos convoca aquí: mi casi segura afirmación de que los sindicatos poco o nada sirven.