Diálogo político para Venezuela — Manifiesto fundacional
Somos venezolanos —dentro y fuera del país, de distintas generaciones— cansados de elegir entre callar o gritar. Durante años, hablar de política en Venezuela ha significado escoger un bando y defenderlo a toda costa, aunque eso no haya resuelto ni uno solo de los problemas reales que enfrentamos: la libertad de expresión restringida, el manejo opaco de los recursos nacionales, la desconfianza generalizada en las instituciones.
Esa fatiga no es apatía. Es la señal de que necesitamos otra forma de hacer política: una que empiece por escuchar antes de convencer, y por construir antes de señalar culpables.
En la antigua Grecia, el ágora era la plaza donde los ciudadanos se reunían a deliberar sobre los asuntos comunes, sin importar su origen o condición. Recuperamos esa idea porque es exactamente lo que le hace falta a la conversación venezolana: un espacio compartido donde quepan todas las voces, y donde el objetivo no sea imponerse sino construir.
Ágora Ciudadana nace desde la diáspora, en Colombia —hogar de la comunidad venezolana más grande fuera de Venezuela— pero está pensado para tender puentes: entre el país y quienes están afuera, entre generaciones que han vivido la crisis de formas distintas, y entre visiones políticas que hoy parecen irreconciliables.
Diálogo antes que confrontación. No buscamos ganarle la discusión a nadie. Buscamos encontrar, entre personas de distintas posturas, los puntos donde sí podemos avanzar juntos.
Evidencia antes que consigna. Las soluciones que proponemos deben poder sostenerse con datos y ejemplos verificables, no solo con convicción.
Soluciones antes que culpas. No es un espacio para litigar el pasado. Es un espacio para preguntarnos qué hacemos de aquí en adelante, sin importar quién gobierne.
Pluralidad con método. En Ágora Ciudadana caben distintas visiones políticas e ideológicas, y distintas generaciones con distintas experiencias de lo que ha sido este país. Lo que no negociamos es el método: se dialoga, se argumenta con respeto, y se buscan acuerdos, no imposiciones.
No llegamos con respuestas cerradas. Llegamos con las preguntas que creemos que el país necesita resolver de manera colectiva:
Libertad de expresión. ¿Cómo garantizamos que cualquier venezolano —viva donde viva, piense como piense, tenga la edad que tenga— pueda informarse y expresarse sin miedo, y cómo construimos eso de forma que sobreviva a cualquier gobierno de turno?
Manejo de los recursos nacionales. ¿Cómo aseguramos que la riqueza del país —petróleo, gas, minerales— beneficie de manera transparente y verificable a la mayoría, con mecanismos de control que no dependan de la buena voluntad de quien esté en el poder?
Estas son las dos primeras conversaciones. No serán las únicas, pero son un punto de partida concreto y medible.