No vengo del marketing
Vengo de cocinas donde el calor quema de verdad.
Empecé joven, con hambre de aprender y de llegar lejos. Esa hambre me llevó a salir de casa y recorrer parte de Latinoamérica cocinando, aprendiendo otras culturas, otras formas de entender la cocina y también la vida.
Ahí entendí que cocinar no era solo hacer platos. Era disciplina, adaptación y supervivencia.
Después vino Londres.
Una ciudad dura, rápida y exigente, donde aprendí lo que es trabajar bajo presión de verdad. Jornadas eternas, equipos enormes, servicios salvajes y una obsesión constante por mejorar.
Londres me enseñó que el talento sin mentalidad no sirve de nada.
Pero siempre tuve claro una cosa: quería volver a Bilbao. Mi ciudad.
Volví con experiencia, ambición y la idea de crear algo propio. Abrí mi restaurante con toda la ilusión del mundo. Aposté todo por ello. Tiempo, dinero, energía y vida.
Y salió mal.
Tuve que cerrarlo.
Y aunque mucha gente vea un cierre como un fracaso, para mí fue probablemente la lección más importante de mi vida. Porque entendí algo que en hostelería casi nadie quiere aceptar: