A primera vista parece una paradoja.
Las personas con mucho capital son una minoría. La mayoría de la población vive de su salario, de su trabajo o de ingresos relativamente modestos. Sin embargo, eso no significa que esa mayoría vaya a votar junta ni que se identifique automáticamente con la izquierda.
La política no funciona como una suma de clases sociales. Funciona creando identidades comunes.
La derecha suele ser eficaz cuando consigue que personas muy distintas compartan una misma idea de “nosotros”. Un empresario puede votar a Trump por los impuestos. Un trabajador puede hacerlo por la inmigración, el empleo industrial o el coste de la vida. Un votante religioso puede hacerlo por cuestiones culturales. No están de acuerdo en todo, pero pueden terminar votando al mismo candidato.
Ese es uno de los puntos fuertes de movimientos como MAGA: no necesitan que todos tengan los mismos intereses. Les basta con ofrecer un relato común.
La izquierda tiene otro problema. Las personas que viven de su trabajo son muchas, pero no forman un grupo homogéneo.
Un trabajador puede ser propietario de una vivienda. Otro puede vivir de alquiler. Una persona joven puede tener un empleo precario y no poder comprar una casa. Otra, con un salario parecido, puede esperar heredar una vivienda. También existen diferencias de educación, edad, religión, territorio, origen, género o situación laboral.
Por eso, tener una posición económica parecida no crea automáticamente una identidad política común.
Podemos consiguió durante unos años romper esa fragmentación.
Después del 15-M, logró conectar problemas distintos: desempleo, recortes, vivienda, corrupción, rescates bancarios, precariedad y falta de representación política.
Su lenguaje inicial era importante. No hablaba solamente de izquierda contra derecha, sino de “la gente” contra “la casta”.
Eso permitió que personas de clases y trayectorias diferentes se reconocieran dentro de un mismo bloque político.
En 2015, Podemos y sus alianzas territoriales lograron más del 20% de los votos y 69 escaños.
El problema fue mantener esa coalición.
Con el tiempo, Podemos pasó de ser una fuerza que intentaba representar a “la gente” frente al sistema a ser percibido cada vez más como un partido situado a la izquierda del PSOE.
También entró en las instituciones, sufrió divisiones internas y perdió parte de su conexión con los movimientos sociales que habían alimentado su crecimiento.
La coalición amplia se fue haciendo más estrecha.
Alemania y Francia muestran hoy una transformación parecida.