El feminismo ha sido definido de muchas maneras a lo largo del tiempo. Lejos de ser una idea única o cerrada, es un pensamiento vivo que se ha construido a través de debates, experiencias y reflexiones de mujeres en distintos contextos históricos y políticos. Esta recopilación reúne fragmentos de textos escritos por feministas que, desde sus propias perspectivas, intentan responder una pregunta tan simple como compleja: qué es el feminismo. Algunas de las citas se acompañan de apuntes explicativos que ayudan a contextualizar y profundizar en las ideas de las autoras. A continuación, se reúnen ocho definiciones del feminismo.
El feminismo es una práctica política de luchar contra la supremacía masculina en nombre de las mujeres como clase, incluidas todas las mujeres que no te gustan, incluidas todas las mujeres con las que no quieres estar cerca, incluidas todas las mujeres que solían ser tus mejores amigas con las que ya no quieres tener nada que ver.
No importa quienes sean las mujeres individuales. Todas tienen la misma vulnerabilidad a la violación, a la agresión, como los niños al incesto. Las mujeres más pobres tienen más vulnerabilidad a la prostitución, que es básicamente una forma de explotación sexual que es intolerable en una sociedad igualitaria, que es la sociedad por la que estamos luchando.
(Dworkin, 1990, p. 30-31)
Algunas de nosotras nos hemos comprometido en todas las áreas, incluyendo aquellas llamadas amor y sexo para cumplir la meta de la equidad, esto es, el estado de ser igual; correspondencia en grado, valor, rango, habilidad; uniformidad de carácter en motivo o superficie. Otras, y yo apoyo esta postura, no creemos que la equidad sea una meta final apropiada, o suficiente, o moral, u honorable. Consideramos que ser iguales allí donde no existe justicia universal, o donde no hay libertad universal es, simplemente, ser iguales al opresor. Esto significaría alcanzar la "uniformidad de carácter en motivo o superficie".
En ningún lugar esto es más claro que en el área de la sexualidad. El modelo sexual del macho se basa en la polarización de la humanidad en hombre/mujer, amo/esclavo, agresor/víctima, activo/pasivo. Este modelo sexual masculino tiene cientos de años. La identidad misma de los hombres, su poder civil y económico, las formas de gobierno que han desarrollado, las guerras que han sostenido, están atadas de manera irrevocable. Todas las formas de dominación y sumisión, sean el hombre sobre la mujer, el blanco sobre el negro, el jefe sobre el trabajador, el rico sobre el pobre, están atadas irrevocablemente a la identidad el sexual de los hombres y derivan del modelo sexual masculino. Una vez que comprendemos esto, se vuelve claro que, de hecho, los hombres son dueños del acto sexual, del lenguaje que describe el sexo, de las mujeres a quienes cosifican. Los hombres han escrito el escenario de cualquier fantasía que hemos tenido o de cualquier acto sexual en que nos hemos involucrado.
Y no hay libertad o justicia en intercambiar el rol de la hembra por el rol del macho. Pero hay, sin duda, equidad. No hay libertad o justicia en usar el lenguaje de los hombres, el lenguaje de tu opresor, para describir la sexualidad. No hay libertad o justicia, no hay ni siquiera sentido común, en desarrollar una sensibilidad sexual masculina -una sensibilidad sexual que es agresiva, competitiva, cosificante y enfocada en la cantidad. Hay solo equidad. Creer que la libertad o justicia para las mujeres, o para cualquier mujer individual, pueden ser encontradas en imitar la sexualidad masculina, es engañarse a una misma y contribuir a la opresión de nuestras hermanas.
Quiero sugerirles que comprometerse a lograr la equidad sexual con los hombres, es decir, a lograr una uniformidad de carácter en motivo o superficie, es comprometerse a volverse el rico en lugar de la pobre, el violador en lugar de la violada, el asesino en vez de la asesinada. Quiero pedirles que hagan un compromiso diferente -un compromiso para abolir la pobreza, la violación y el asesinato, esto es, un compromiso para terminar con el sistema de opresión llamado patriarcado, para acabar con el modelo sexual masculino en sí mismo. El verdadero núcleo de la visión feminista, su semilla revolucionaria, si se quiere, tiene que ver con la abolición de todos los roles de sexo, esto es, una transformación absoluta de la sexualidad humana y de las instituciones que derivan de ella. En este sentido, no es posible aplicar ninguna parte del modelo sexual masculino. La equidad dentro del marco del modelo sexual masculino, sin importar cómo se reforme o modifique, puede solamente perpetuarlo, y a las injusticias y ataduras que son intrínsecas a él.
(Dworkin, 1976/2021, p. 21-22)
Feminismo contiene la palabra «fémina» («mujer»), y significa: alguien que lucha por las mujeres. Para muchas de nosotras, significa alguien que lucha por las mujeres como clase y por la desaparición de esta clase.
Es nuestra tarea histórica, y sólo nuestra, definir en términos materialistas lo que llamamos opresión, analizar a las mujeres como clase, lo que equivale a decir que la categoría «mujer» y la categoría «hombre», son categorías políticas y económicas y que, por tanto, no son eternas. Nuestra lucha intenta hacer desaparecer a los hombres como clase, no con un genocidio, sino con una lucha política. Cuando la clase de los «hombres» haya desaparecido, las mujeres como clase desaparecerán también, porque no habrá esclavos sin amos.
(Wittig, 1981/2006, p. 37-38)
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📌 Monique Wittig sostiene que las categorías “mujer” y “hombre” no son hechos naturales neutros, sino categorías sexuales organizadas políticamente. Para ella, el sexo no es simplemente biología, sino una división producida por un sistema heterosexual y patriarcal que estructura las relaciones de poder. No nacemos con un rol fijo determinado por el cuerpo, es el orden social y político el que organiza la división entre “mujer” y “hombre” y coloca a esos grupos en una relación jerárquica.
Cuando Wittig afirma que el feminismo debe luchar por la desaparición de la clase de las mujeres, no se refiere a eliminar a las mujeres como personas, sino a desmantelar el sistema que convierte la categoría sexual “mujer” en una posición de opresión. Si desaparece la estructura que divide a las personas en clases sexuales jerárquicas, también dejaría de existir la clase subordinada como tal.
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¿Recuerdan esa sensación de gran energía y claridad política de hace casi diez años, cuando el feminismo parecía una comunidad inquebrantable y el inicio de un amanecer revolucionario?
¿Se preguntan si ese impulso colectivo se diluyó con el tiempo, dejando paso a una experiencia más solitaria, fragmentada o desencantada, tal como lo sugirió Vivian Gornick al describir su propia vivencia generacional?
Lo que sienten no es nuevo ni extraño; es una experiencia que muchas feministas han atravesado a lo largo de distintas generaciones. Vivian Gornick lo expresa con lucidez en Qué significa el feminismo para mí, texto incluido en su libro Approaching eye level (1996).
Vivian Gornick relata que en noviembre de 1970, el periódico en el que trabajaba la envió a investigar a “esas mujeres de la liberación”. En el transcurso de una sola semana conoció a varias figuras clave del feminismo de entonces: Ti-Grace Atkinson, Kate Millett, Shulamith Firestone, Phyllis Chesler, Ellen Willis y Alix Kates Shulman.
Las escuchó debatir con una intensidad vertiginosa; todas hablaban a la vez, pero, en el fondo, Gornick percibió que estaban articulando una misma idea. Era esta: la idea de que los hombres por naturaleza se toman en serio sus mentes y las mujeres por naturaleza no lo hacen, es una creencia no una realidad; le sirve a la cultura y de ella se siguen nuestras vidas.
La autora explica que comprender el feminismo le produjo una sensación intensa de claridad intelectual y entusiasmo. La alegría que sintió al llegar a ese entendimiento era absoluta. Ella sentía que si se aferraba a lo que el feminismo le había permitido comprender, pronto se tendría a sí misma. Y una vez que se tuviera a sí misma, sentiría que lo tendría todo.
Del mismo modo que muchas de nosotras, feministas en pleno auge del movimiento en Chile durante 2018, se trató de un instante de plenitud colectiva. Ocurre cuando un número considerable de personas se siente movilizado por una interpretación social que ilumina cómo han sido configuradas sus vidas. Coinciden en un mismo tiempo y espacio, comparten un lenguaje común y un marco de análisis similar y se reúnen una y otra vez —en asambleas, universidades, marchas o casas— impulsadas por el deseo de profundizar esa comprensión y reformularla juntas.
Ella misma lo dice así: