Hola, yo soy Rubén y esto es El parche de Odín, el podcast personal de un oftalmólogo entre Suecia y España. Este es el episodio 286 y se titula «Violencia de género o de pareja íntima», pero así, entre interrogaciones, como preguntándonos cómo deberíamos llamar a este tipo de violencia, a este problema social tan importante que sufrimos en nuestras sociedades. Usamos este término, el de violencia de género, para hablar de la agresión, los maltratos, etc.; este tipo de violencia que abarca muchos ámbitos: el verbal, el psicológico, pero también el físico, e incluso el sexual. Estos maltratos se ejercen en el contexto de una pareja, de una relación sentimental, ya estén casados o no, sean novios o no, o en pareja de hecho, como lo queramos llamar.

En psiquiatría y en otros contextos, este mismo concepto se ha denominado con otros términos, como violencia de pareja íntima o violencia doméstica. No es exactamente igual, porque la violencia doméstica también hace referencia a la violencia del padre o la madre contra los hijos, o entre hermanos, etc. Así que el término más cercano sería el de violencia de pareja íntima. Sin embargo, a nivel político y social se ha impuesto el de violencia de género y, últimamente, el de violencia machista. ¿Qué más da, no? Al fin y al cabo, sabemos a lo que nos estamos refiriendo. De igual manera que los psicólogos, los psiquiatras o algunos académicos e investigadores lo hayan llamado violencia íntima, ahora en la sociedad, de forma más amplia, se denomina violencia de género o violencia machista. Al fin y al cabo, se trata del mismo concepto. Si nos entendemos, es suficiente.

Bueno, no exactamente, porque los nombres importan; simplemente matizan el concepto. Si estamos de acuerdo en llamarlos todos de la misma manera, implícitamente estamos haciendo unas asunciones que aceptamos todos, lo cual no es malo de por sí. Los nombres, los términos que utilizamos, cuanto más descriptivos sean y mejor describan el concepto, mejor. Es decir, utilizar un término como violencia machista o violencia de género es correcto si nos está dando más información que el concepto de violencia de pareja íntima, que aporta menos datos. Entonces, cuando utilizamos el término de violencia machista, ¿qué estamos diciendo realmente?

Pues estamos diciendo que este tipo de violencia que ocurre en el ámbito de la pareja se debe al machismo. Incluso aunque reconozcamos que hay otros motivos concurrentes, sobreentendemos o damos por supuesto que existe siempre un machismo de base que, por lo menos, contribuye. Aunque haya otras causas, afirmamos que contribuye a conducir o llevar a cabo un conflicto con un resultado violento, violento que tiene varias definiciones, como hemos dicho antes. O que existe, en cualquier caso, un marco machista que permite o valida la violencia, concretamente, la del hombre hacia la mujer. Es decir, aunque reconozcamos que hay otras causas con más importancia, ese es el marco que permite o valida que ocurra. Es decir, que esas mismas causas, fuera de ese marco machista, con otra educación, otro tipo de cultura o de sociedad, una cultura más igualitaria o con más reglas morales que frenaran el machismo, impedirían ese tipo de violencia, aunque existieran esos mismos factores. Esto sería, más o menos, el concepto de violencia machista.

O una versión más moderada o suave de este término, que consistiría en quitar el concepto de machista al hablar de la violencia de género, sin referirnos tanto al machismo, pero nos estaría haciendo referencia a que hay factores, vamos a llamarlos intrínsecos a lo que son y a cómo se comportan hombres y mujeres por separado, ¿no? Cómo van a comportarse de forma diferente, de tal manera que en la pareja íntima la violencia se dirige del hombre hacia la mujer. Sin tener que invocar razones machistas, estamos diciendo que, por lo que sea —por naturaleza, por educación, por tradición, por algo biológico—, el hombre es más violento que la mujer y dirige más la violencia desde el hombre hacia la mujer. Es decir, la violencia va principalmente en ese sentido. Y por eso, incluso en esta versión más suave, al invocar la violencia desde el concepto de género más que desde el machismo, estamos dando una información que, si es cierta, puede ser útil: explica que no es solo una violencia de pareja, sino una violencia que se dirige principalmente del hombre hacia la mujer. Como digo, si esta información es correcta, no es mala que la utilicemos. De hecho, es mejor utilizarla porque hablamos con más propiedad y aportamos más información.

Ahora vamos a hacer una cosa. Vamos a dar un pequeño salto y luego volvemos al tema. Vamos a hablar de algo interesante que se hace en ciencia: la falsabilidad. ¿Qué significa eso? Bueno, cuando tenemos una hipótesis en el marco científico, estamos creando un modelo teórico que pretende explicar un hecho o un conjunto de hechos que ocurren en la realidad. Partimos de la observación y, a veces, también de la experimentación, y entonces formulamos una hipótesis. Esa hipótesis la tenemos que someter a la misma realidad de la que a priori partimos. Podemos pensar que especular y teorizar sin tener una fase firme y directa en experimentos o en datos objetivos no es ciencia, pero no es así. Voy a poner un ejemplo que utilizaremos a lo largo del programa.

La teoría de la relatividad general fue un modelo creado por Albert Einstein que, al principio, era meramente teórico. Era una hipótesis por validar. ¿Cómo surgió? Einstein estaba buscando una solución elegante a ciertas discrepancias en los resultados de la mecánica clásica, la newtoniana, que explica las velocidades, las aceleraciones, las distancias y el tiempo, es decir, lo que se trata de recorrer ciertas distancias en función de la velocidad y el tiempo. En situaciones extremas, a velocidades muy altas, existían discrepancias. Las fórmulas parecían contener errores. Einstein creó un modelo totalmente inventado; se inventó la curvatura del espacio-tiempo y reinventó el concepto de gravedad. Se lo inventó todo en su cabeza porque no había experimentos directos que le dijeran que eso existía de manera directa. Ese modelo inventado explicaba esas discrepancias a altas velocidades, el tiempo que se tardaba en recorrer una distancia concreta. Pero, aunque resolviera esas circunstancias concretas, el modelo no estaba validado para nada. Era un invento que encajaba en una serie de discrepancias de unos experimentos concretos y punto. Era una hipótesis sin validar. Encajaba en un pequeño grupo de datos en el cual tú habías creado una hipótesis, pero claro, tu hipótesis encaja con los datos por los que la has creado o inventado, pero eso no valida absolutamente nada.

Sin embargo, aunque era una hipótesis inventada y no estaba validada, era igualmente una hipótesis científica. ¿Por qué? Porque era falsable. Era verificable. Podíamos verificarla de otras maneras. ¿Por qué? Porque esa hipótesis podía hacer una predicción. Y eso es lo que se hizo. Se aprovechó que, al poco tiempo... bueno, no fue justo después, pero no mucho tiempo después de que publicara su hipótesis, hubo un eclipse solar, un eclipse de Sol. Se aprovechó... No fue Albert Einstein, fueron otros científicos los que leyeron su teoría y aprovecharon el eclipse para hacer una serie de observaciones. Pudieron ver durante este eclipse unas estrellas cuyos rayos luminosos pasaban muy cerca del Sol antes de llegar a la Tierra. Esas estrellas son imposibles de ver de día, pero durante el eclipse podían verse durante unos instantes. Según la hipótesis de Einstein, de la relatividad general, esos rayos luminosos que pasaban cerca del Sol y llegaban hasta el observador —es decir, hasta nosotros, hasta la Tierra—, tenían que curvarse. El Sol es un cuerpo con mucha masa y, por tanto, afecta a la curvatura del espacio-tiempo y actúa como lo que se llama una lente gravitatoria. Tiene que desviar los rayos de luz. En la teoría clásica, los rayos de luz siempre van rectos, al margen de que pasen cerca o lejos de una estrella, pero según la teoría de Einstein, no. Y eso es lo que se intentó medir. Si los rayos seguían rectos, es decir, si las estrellas no se habían movido de sitio cuando estaban cerca del Sol, la teoría de Einstein quedaría descartada. Y, al revés, si efectivamente las estrellas se habían movido de sitio, si había un desplazamiento, estaríamos demostrando que los rayos de luz se curvaban por el influjo gravitatorio, mejor dicho, por el cambio de la curvatura del espacio-tiempo, y entonces habríamos validado la teoría. Y eso es lo que pasó. Se hicieron las observaciones y las estrellas que debían estar en una posición no estaban ahí; estaban movidas, se habían desplazado de su lugar original. Se demostró la curvatura del espacio-tiempo y, por tanto, la hipótesis de Einstein quedó validada. Ya no era una hipótesis, sino una teoría, una ley.

Bueno, pues volvamos a nuestras hipótesis del principio. Las hipótesis de la violencia machista y una hipótesis un poco más suave de la violencia de género son igualmente válidas porque partimos de indicios, como tuvo Einstein, para formular una hipótesis. ¿Qué indicios tenemos para pensar, bueno, que efectivamente la violencia es machista o, por lo menos, que hay una diferencia de género en la cual el hombre es más agresor? La mayor parte de las lesiones graves que aparecen en este tipo de violencia de pareja íntima las sufren las mujeres en manos de hombres; con lo cual, ante la falta de más datos, es racional especular que el hombre es principalmente el agente, es decir, el agresor de todo tipo de violencia íntima, no solo la más grave. Además, también podemos pensar, es razonable pensar, a partir de estos datos, que él inicia en mayor medida los conflictos y las agresiones. Y, como comentaba, la versión más ideológica, intensa o radical y reducida, centra el problema en la educación machista. Pero una versión más amplia puede centrarlo en el hombre, que lo califica como más violento, sin necesidad de aclarar si es un tema de machismo. Puede abrirse a que hay otras influencias ambientales o de tradición, al margen del machismo, o incluso que sea más un tema de diferencias biológicas entre sexos. Como digo, es una hipótesis válida; partimos de datos que apuntan hacia ese sentido y es razonable pensarlo. Pero podemos comprobarla, porque es falsable, es decir, cumple criterios para someterla a más datos y ver si se cumplen las predicciones que nos plantea. Vamos a hacer lo mismo: someterla a observación y a falsación o validación, como en su momento hicieron otros físicos con la hipótesis de Einstein.

En aquella época, tuvieron la suerte de que había un eclipse de sol. Nosotros, para nuestra hipótesis, tenemos datos de violencia de pareja en tres colectivos diferentes: hemos recogido datos de parejas heterosexuales, de parejas homosexuales de hombres y de parejas homosexuales de mujeres. Dejo el estudio de estos datos en las notas del programa, para el que lo quiera mirar directamente en la fuente. Aquí haré un resumen e iré directamente a las conclusiones de forma muy rápida. Pero, antes de mirar los datos, ¿qué es lo que nos predice nuestra hipótesis de violencia?

Nuestra hipótesis fuerte del machismo nos haría la siguiente estimación: donde tiene que haber más violencia de pareja es en las parejas heterosexuales, donde hay un hombre y una mujer, porque ahí es donde existe el concepto de machismo del hombre sometiendo o agrediendo a la mujer. Y, en las parejas homosexuales, tanto entre hombres como entre mujeres, la violencia tendría que ser casi inexistente, porque si la violencia es sobre todo machista, debemos entender que entre una pareja de hombres no debería existir violencia machista, porque no está agrediendo a una mujer; aunque los dos sean hombres, no se están enfrentando a una mujer. Lo mismo entre mujeres: no hay un hombre en esa pareja, dentro de una pareja de mujeres no debería existir, no tiene sentido hablar de machismo.

También podemos plantear la hipótesis más laxa, en la que, al margen del papel que tenga el machismo, estamos pensando más en un papel ambiental o biológico que hace al hombre más agresor que la mujer, en general. En este caso, podríamos predecir dos escenarios. Si existe machismo, pero aún así el hombre ya es más violento de por sí que la mujer, podríamos esperar, por orden de violencia, que las parejas más violentas sean las de hombre y mujer, porque hay un hombre y además existe el componente machista. Luego esperaríamos más violencia entre las parejas hombre-hombre, porque los hombres son más violentos que las mujeres, y finalmente, casi sin violencia, pensaríamos en las parejas mujer-mujer, porque ahí no hay machismo y no hay ningún hombre, que biológicamente estamos hablando de que es más violento. Incluso, dentro de esta hipótesis que concede al hombre, por la causa que sea, ser el sexo más violento, si eso tiene más importancia que el machismo, podríamos pensar que hay mayor violencia, mayor tasa de violencia, entre las parejas homosexuales de hombres, porque existen dos hombres en vez de uno, con lo cual los dos contribuyen a la violencia. Luego pensaríamos, en segundo término, que las parejas más violentas serían las de hombre-mujer, porque existe un hombre; aparte del concepto machista, hay un hombre, pero no dos. Igual que antes, la pareja mujer-mujer es la que tendría que tener menores tasas de violencia.

Vale, ya tenemos las diferentes hipótesis, que ya vemos que son variadas, ¿no? No es una cosa homogénea, sino un espectro amplio. Hemos visto las predicciones que hacen las hipótesis de violencia machista o de violencia de género. Ahora vamos a contrastarlas con lo que nos dice este estudio que pongo. Hay más estudios, pero he puesto un ejemplo en la nota del programa que repasa todo esto. Estos datos, y otros que se han ido recogiendo en diferentes países y épocas, son nuestro símil del eclipse solar. Son los datos interesantes que pueden validar o descartar nuestra teoría de la hipótesis machista o nuestra hipótesis de la violencia de género. Vamos a ver si las predicciones que hemos hecho con nuestro modelo se corresponden con la realidad. Pues, ¿qué es lo que nos dicen los datos?

El mayor maltrato físico, la mayor tasa de violencia, se da en las parejas mujer-mujer, las parejas homosexuales de mujeres. En el segundo puesto están las parejas heterosexuales hombre-mujer y, al final de todo, las parejas homosexuales hombre-hombre con la menor tasa de violencia. Es decir, no encaja con ninguno de los tres modelos; de hecho, es al contrario. Las parejas con más violencia no contienen ni un componente machista atribuible, ni siquiera un componente del hombre como sexo biológico o género más violento. De esta manera, en principio, en base a estos datos, la hipótesis de la violencia machista o del concepto de violencia de género, que atribuye al hombre el factor de agente principal, queda falseada, queda descartada. En principio, como todo en ciencia, todo lo que consideramos cierto es válido hasta que aparezcan nuevos datos que lo contradigan. Cuesta un poco pensar qué nuevos datos o qué forma retorcida podemos sacar para que el machismo pueda explicar estos datos, pero, como siempre, dejamos la puerta abierta. Ojo: que estos datos generales existan y nos hablen de esto no quiere decir que en algunos casos no exista machismo. Claro que sí. Significa que, aunque hay un componente de machismo —que puede haberlo y lo hay, por supuesto, en algunos casos—, o que el papel biológico o ambiental que hemos asignado al hombre como el sexo violento puede existir en algunos casos, evidentemente juega un papel minoritario en el global de datos. Es decir, la mayor parte de los casos de violencia tiene que tener otras explicaciones, sin negar que en algunos casos exista machismo o que el factor biológico, la diferencia hombre-mujer, importe. Pero el caso es que la realidad es tozuda y nos ha mostrado un resultado exactamente contrario al predicho, contrario a las hipótesis que realmente se han impuesto en la sociedad actual.

Por lo tanto, podríamos afirmar que lo suyo sería cambiar el término, porque es equívoco. Este tipo de violencia íntima, en la mayor parte de los casos, no es violencia machista. Además, si pensamos que el problema es principalmente el machismo o es el factor común en la mayor parte de esta violencia, nos estamos enfocando en erradicarlo mediante educación, campañas, etc., y claro, no estamos solucionando el problema. De cualquier forma, si, aún dejando el concepto de machismo, nos centramos en el hombre como el causante único o primordial de la violencia de pareja, vuelve a ser un error. Un error que, además, no va a solucionar el problema porque la violencia seguirá existiendo; vemos que las causas o los factores son principalmente otros. Y, nuevamente, esto no quiere decir que en el aspecto de los sexos o del género no tenga relevancia ninguna. No. Siguen siendo reales los hechos de que, cuando la violencia de pareja íntima es más intensa, las lesiones más graves, los homicidios y las lesiones físicas más graves en parejas heterosexuales, es más frecuente que sea el hombre quien produzca las lesiones graves a la mujer. Esto sigue siendo cierto. Tenemos que integrar todos los datos juntos. Por una parte, la mayor parte de las lesiones físicas se producen del hombre a la mujer; pero, a nivel de agresiones menos graves, o si luego estudiamos quién inicia las agresiones, todo esto en el concepto de pareja heterosexual ya es comparable entre ambos sexos. No podemos decir que el hombre agreda más a la mujer o que él esté iniciando más estos tipos de conflictos o maltratos que las mujeres. Ambos son agresores y víctimas en proporciones parecidas en este contexto.

En este mismo contexto, hay ya bastantes estudios que nos muestran que la violencia guarda relación más con otros elementos que se suelen dejar de lado en estos discursos sociales y políticos: el abuso de sustancias, la pobreza, la exclusión social, la marginación, la enfermedad mental... Todo ese tipo de factores asocian un riesgo mucho más alto de recibir o de producir agresión que el sexo biológico. Si coges a una pareja o a un miembro de la pareja y intentas predecir si van a ser agresores o agredidos, importa mucho más todo este contexto social: si abusa de sustancias, si está en situación de exclusión social, si tiene enfermedad mental... Todo esto importa mucho más que el hecho de decir si es hombre o es mujer. De hecho, en este estudio, los resultados sorprendieron a los propios biólogos y a los psiquiatras que lo realizaron. No es que estos autores tuvieran una ideología muy machista. Eran conscientes de que la causa era multifactorial; pensaban que los problemas de salud mental y el abuso de sustancias eran mucho más importantes que el concepto de machismo. Pero sí partían de la concepción de que el hombre es biológicamente más violento. Y esperaban mayor violencia entre las parejas homosexuales de hombres y menor proporción entre las parejas de mujeres. Y, de hecho, en este último tipo, el de parejas lesbianas, el maltrato —que se medía en varios tipos, psicológico, verbal, etc.— era más físico que en el resto. También en este contexto se hacía más maltrato delante de los hijos. Y estas tasas de violencia, en general, también se aplicaban a la violencia más grave: había más tasas de homicidios en parejas lesbianas y menor en parejas gays. Esto es lo que no encajaba incluso en esta concepción académica de que el hombre es biológicamente más violento, más físicamente violento, y que la violencia que ejercen los hombres es más intensa y puede acabar en más lesiones graves o en la muerte. Con lo cual, al ser una pareja de dos hombres, esperaban más tasas de violencia física grave en parejas de mujeres, y era justo al contrario.

Aquí no estamos para sacar una teoría unificada de la violencia de pareja y atar todos los cabos sueltos. De hecho, es justo al contrario. Este tipo de datos nos tiene que enseñar que no hay que sacar conclusiones simples y rápidas sobre si este sexo es de una manera o se comporta de otra. Da igual que pensemos que cómo se comportan los sexos depende de la biología, el ambiente o la tradición. Evidentemente, tampoco vamos a la tabla rasa. No es que los dos sexos sean exactamente iguales; hay diferencias muy marcadas de carácter por tradición, por cultura, pero también por biología. Sin embargo, no podemos simplificar y decir que este es el sexo agresor y este es el sexo víctima. No es así. Ya hemos visto que muchas veces se comporta exactamente al contrario de lo que pensábamos. Esto es importante entenderlo: antes estábamos simplificando en base a unos datos que teníamos, a unas ideas de que el machismo lo justificaba todo. Tampoco con estos datos de este estudio tenemos que sobre simplificar. No podemos basarnos en lo que acabo de decir para simplificar y decir que la mujer actúa como factor desestabilizador en la pareja y es la facilitadora de conflictos. Si decimos que, como en las lesbianas hay más problemas, luego en las parejas mixtas menos, y donde hay menos problemas es cuando no hay mujeres, estaremos diciendo que el factor «mujer» es lo que está en la ecuación, es donde más violencia hay, y al quitarlo, hay menos problemas. Eso también sería sobre simplificar el tema. Sería una sobre simplificación injusta, porque generamos muchos factores que pueden jugar en las parejas homosexuales de diferente manera que en las heterosexuales. Puede haber dinámicas totalmente distintas que estamos olvidando o dejando de lado porque no conocemos. Pero, igual de injusto, es empezar a pensar mal de las mujeres o de las parejas lesbianas por estos datos. Es igual de injusto decir que la violencia de pareja es machista.

Quizá tenemos que dar más importancia al rol, al papel, que ya la psicología sabe que tiene el trasfondo social en las parejas, homosexuales, heterosexuales o de cualquier tipo. Hay que tener en cuenta también que este tipo de errores y simplificaciones no son siempre desinteresados o inocentes; es decir, la consecuencia de un sesgo ciego de las sociedades y de la mente humana. Como decíamos antes, el trasfondo del problema es principalmente multifactorial y muchos de estos factores tienen que ver con circunstancias sociales, económicas, de cobertura sanitaria, educación, etc. Porque estamos hablando de pobreza, marginación, enfermedad mental, abusos de sustancias. Todos estos factores nos están hablando de si una sociedad es más o menos sana o sufre más o menos desigualdad. Es decir, este tipo de violencia íntima es un termómetro, un medidor de lo sana o de lo enferma que es una sociedad. Pero, ante la existencia de estos problemas de pareja íntima, a las clases políticas les viene mejor echar la culpa al machismo y a los hombres machistas que entender que es el resultado de una sociedad cada vez más pobre, donde hay menos soporte de los sistemas públicos y menos apoyo a los problemas mentales. Entonces, es una forma de escurrir el bulto y decir: no, no es que el problema sea un problema social, que en el fondo y al cabo es un problema político. Y podemos volvernos a preguntar los políticos: ¿por qué cada vez somos más pobres y estamos peor atendidos? Eso hace que la gente sea más infeliz, surjan más tensiones dentro de la pareja y esta se maltrate entre ellos. ¿Vamos a hablarle a los políticos de qué está pasando con nuestra sociedad? No, es mucho más fácil echar la culpa al machismo y a ellos; los políticos se lavan las manos. O sea, que también hay un interés en que esta ideología o estas ideas sigan en la sociedad. Pero lo peligroso de esto, al margen de que escurran el bulto, es que nos estamos enfocando en la causa errónea. Por mucho dinero y muchos esfuerzos que nos empleemos en intentar solucionar esto, como no es la causa ni lo principal, no estamos solucionando el problema.

¿Y tú qué opinas? ¿Te han sorprendido esos datos como a los investigadores y me sorprendieron también a mí cuando leí el resumen de este estudio? ¿Crees que, de todas formas, sigue siendo interesante o importante hablar de violencia machista o de violencia de género, o quizás tendríamos que cambiar el término? Estaría encantado de oír tus opiniones. Muchas gracias por el tiempo que has dedicado a escucharme. Tienes los métodos para contactar conmigo en las notas del programa. Este podcast no utiliza inteligencia artificial para su producción o locución. Nos oímos la próxima semana. Hasta el próximo episodio.